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¿QUÉ ESTARIAMOS DISPUESTOS A HACER PARA POSEER UN DIOR?
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Por: Pilar Cambra
Vestido de gala. Dior
Diseño Dior
Dior y una modelo
Vestido New Look, Dior
Boceto del modelo Bar
Dior con sus modelos
Poseer un Dior de verdad, una de esas joyas “vintage” del maestro de maestros de la hoy muy castigada Alta Costura… ¿Estaríamos dispuestos, preparados, ya, a poner toda la carne en el asador, a realizar los mayores sacrificios, a jugarnos toda nuestra ilusión a esa sola carta?
Tal vez no, claro; tal vez fuera un sueño tan inalcanzable, tan loco, tan fuera de todas nuestras posibilidades que nos conformásemos con una “petite robe noire” de cualquier buen diseñador, eso sí. 

Pero, recientemente, he conocido a una mujer que realizó un sinfín de sacrificios, de mortificaciones –esos dos actos que hoy se llevan tan poco que hasta nos cuesta concebirlos- para poseer un auténtico Christian Dior que, por cierto, estaba segura de que jamás iba a ponerse. 

Les presento, pues, a la señora Harris, una inglesa de mediana edad –más cercana, casi, a la tercera- que se gana su humilde vida limpiando a fondo las casas de familias acomodadas de Londres. Incluso de gentes no tan poderosas como un soltero que es paradigma del caos y una aspirante a actriz que vive entre el desorden y la suciedad que genera cada día con la comodidad de un polluelo bajo las alas de su mamá gallina. La señor Harris es puntual, meticulosa, bienhumorada, orgullosa de su trabajo que hace cada jornada –agotadora- con el máximo cuidado. 

Dada su edad y condición, cifra su felicidad en seguir con esa labor y en las buenas relaciones con una amiga que se dedica a lo mismo que ella; ambas se hacen todos los favores que pueden –sustituir una a la otra si una de las dos se pone enferma- y cada día superan su agotamiento bebiendo una buena taza de té en las casas-sótano en las que viven. 

Pero un día, ¡ay!, la señora Harris abre uno de los armarios de la riquísima noble inglesa a la que, entre otros amos, sirve, y ve… ¡un milagro, la maravilla creada por la varita mágica de un mago, dos sueños de sedas y tules delicados como mariposas y ardientes como las llamas! Son dos vestidos –como le aclara su señora- salidos de la mente genial de Christian Dior. 

Desde ese momento la vida de la señora Harris tiene un objetivo y un fin: poseer un vestido como esos le cueste lo que le cueste, siempre dentro de los límites de su acrisolada honradez. Juega a las quinielas y a la lotería, apuesta en las carreras de caballos y, sobre todo, trabaja, trabaja, trabaja de sol a sol hasta la extenuación. Dos años pasa la señora Harris sin otro sueño que ese vestido de Christian Dior. 

Y, al fin, reúne el dinero –un capitalón, para su modesta economía- para viajar a París dos días y adquirir su sueño en la Maison Dior… La entrada de la señora Harris en esa casa de maravillas sacude los cimientos del edificio: madame Colbert, la que rige la “maison”, se queda sin palabras y sin resuello al ver aparecer, sobre las impolutas alfombras gris perla, a una mujer vestida con basto traje de chaqueta de mezclilla, medias espesas de lana, zapatones, bolso de piel sintética y un horrendo sombrero que se adorna con un floripondio bamboleante… 

La señora Harris no se amilana: esa misma tarde Christian Dior hará un pase exclusivo de su nueva colección y ella quiere estar allí… Y estará porque cautivará a todos con su humildad. 

Y hasta aquí puedo contar: el paso de la señora Harris, que se compra su vestido, hará felices a cuantos entren en contacto con ella; a madame Colbert, al joven y soñador contable Fauvel, a la modelo estrella Natasha, a un viejo y bondadoso aristócrata, a costureras, a planchadoras. A todo el mundo. 

La señora Harris es la protagonista de una entrañable novela, plena de humanidad y humor, titulada “Flores para la señora Harris”, del autor norteamericano Paul Gallico y editada en España por Alba. Su publicación en 1958 fue un éxito tan rotundo y mundial que Gallico escribió tres libros más sobre la prodigiosa señora Harris. 

Son 166 páginas llenas de muchas y muy valiosas cosas que no podemos perder: ilusiones, tesón, esfuerzo para alcanzar una meta. Una delicia.
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